Kaleidoscope quiere ser una película de atracos que abarca décadas y continentes, contada en fragmentos que se ensamblan en un todo coherente. En gran medida logra ser un thriller criminal elegante y ocasionalmente cautivador. Falla en ser algo más que eso. El resultado es una serie visualmente nítida y narrativamente delgada, un caleidoscopio de colores que no termina de sostenerse.
La premisa es simple y ambiciosa: un grupo de criminales, cada uno con una habilidad distinta, lleva a cabo un gran atraco en 1978, solo para encontrarse dispersos en diferentes décadas de sus vidas en el presente. Tienen que averiguar por qué están allí y cómo volver a su línea temporal original. La serie se estructura en torno a flashbacks y flash-forwards, saltando entre el atraco mismo y las consecuencias que se propagan a lo largo de los años en las vidas de los personajes.
Tráiler, vía Netflix.
El atraco que nunca envejece
La secuencia del atraco es el elemento más fuerte de Kaleidoscope. El director Antoine Fuqua sabe cómo montar un robo, y las escenas del equipo planeando y ejecutando su irrupción son tensas y bien coreografiadas. La química entre los protagonistas, en particular entre los dos personajes femeninos que impulsan la trama, es genuina y digna de verse. Aquí es donde la serie se siente viva.
Pero el atraco en sí es también el mayor problema de la serie. Debido a que la historia salta hacia adelante en el tiempo, la resolución del atraco solo se muestra parcialmente, dejando a los espectadores preguntándose qué sucedió exactamente y por qué importa. La serie promete una gran revelación sobre la naturaleza del tiempo y el destino, pero entrega un final confuso que deja más preguntas que respuestas.
«El tiempo es un bucle, y estamos atrapados dentro de él.»
Viaje en el tiempo que no viaja
El concepto de viaje en el tiempo es fascinante sobre el papel. La idea de que las personas puedan saltar hacia adelante en sus propias vidas, viendo las consecuencias de sus acciones décadas después, es propicia para la exploración. Desafortunadamente, la serie dedica más tiempo a las secuencias de acción que a las implicaciones filosóficas de su premisa.
Los arcos de los personajes sufren como resultado. Algunos de los protagonistas desaparecen por completo después de su presentación inicial, mientras que a otros se les dan breves y planos momentos de introspección que no perduran. El intento de la serie de explorar temas como el arrepentimiento, el propósito y el sentido de la vida se siente a medio hacer, más como un eslogan que como un argumento plenamente desarrollado.
Un elenco sin rumbo
El elenco es uniformemente competente, pero el material no les da a dónde ir. Anya Taylor-Joy y Jason Momoa lideran el conjunto, y ambos aportan carisma e intensidad a sus roles. Sin embargo, sus actuaciones se ven obstaculizadas por un guion que los hace saltar entre líneas temporales sin darles el espacio para desarrollarse.
El elenco de reparto corre peor suerte. Varios personajes clave son presentados y luego abandonados, con sus destinos dejados en ambigüedad de maneras que se sienten más como limitaciones presupuestarias que como decisiones narrativas. La negativa de la serie a resolver sus historias deja un sabor amargo en la boca.
Estilo por encima de sustancia
La dirección de Fuqua es pulida y segura, y la cinematografía es nítida. La serie luce costosa y bien hecha. Pero el estilo a menudo abruma la sustancia. Los largos planos secuencia y las secuencias en cámara lenta se usan con liberalidad, y a veces oscurecen en lugar de realzar la narrativa.
El ritmo sufre como resultado. La serie dura varios episodios, y el tramo medio se arrastra considerablemente al alternar entre líneas temporales sin construir impulso. El acto final intenta atar todo, pero los nudos que crea son demasiado enredados para ser satisfactorios.
La música carga con el peso
La banda sonora es un punto destacado. La música crece en los momentos adecuados, añadiendo tensión a las escenas de robo y melancolía a las de viaje en el tiempo. Es uno de los pocos elementos de la serie que funciona consistentemente a nivel emocional.
Los efectos visuales también son sólidos, particularmente en las transiciones de salto temporal. Estos momentos son impecables y ayudan a vender la premisa de la serie. Es un logro técnico que no se traduce en una historia más fuerte.
Lo que funciona y lo que no
Los mejores momentos de Kaleidoscope son los que se mantienen anclados en el presente. Las escenas de los personajes tratando de entender sus realidades alteradas, las pequeñas interacciones entre ellos y las revelaciones silenciosas sobre sus pasados son donde el programa encuentra su corazón. Los peores momentos son los que persiguen el espectáculo por sí mismo, las persecuciones de autos y los tiroteos que se sienten como relleno en lugar de trama.
Las fortalezas del programa son innegables, pero también son limitadas. Es un thriller policial elegante e intermitentemente atractivo que nunca alcanza las alturas de sus ambiciones. El concepto de viaje en el tiempo es una oportunidad perdida, y el drama de los personajes está poco desarrollado.
Un bucle sin centro
Kaleidoscope es una experiencia frustrante. Tiene las piezas de un gran programa —una premisa convincente, un elenco talentoso, un director con mano segura— pero nunca las une de una manera que sea coherente. El episodio final intenta cerrar todo, pero los hilos que tira están sueltos y desgastados.
La pregunta central del programa —¿qué significa vivir una vida que puedes ver de antemano?— nunca se responde de manera satisfactoria. Los personajes toman decisiones, sufren consecuencias, y luego esas consecuencias son borradas o reescritas por el siguiente salto. Es un bucle sin centro, y el espectador queda dando vueltas.
Kaleidoscope es un thriller policial elegante e intermitentemente atractivo que nunca alcanza las alturas de sus ambiciones. Es un programa que se ve bien pero no dice mucho. Vale la pena verlo por las escenas del atraco y las actuaciones, pero no vale la pena recordarlo con cariño.
Puntuación: 5,9 de 10
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