Hace más de una década, un huésped llegó a Chicago y se negó a marcharse durante 36 horas. Las palabras no lograron hacer justicia a la experiencia, la cual permaneció tan singular que ninguna descripción verbal nunca pareció adecuada. Ese huésped —y el fracaso del lenguaje para capturar el sufrimiento físico— ha sido ahora documentado por Ed Simon, quien ha escrito sobre las historias que contamos sobre el dolor mucho tiempo después de que se ha ido.
Elaine Scarry, la mística del siglo XVI Teresa de Ávila, y Emily Dickinson son las fuentes para una pieza llamada «De lo que no se puede hablar: Sobre los límites del lenguaje para describir el dolor», que argumenta que poner el dolor en palabras es difícil, una cuestión de poéticas más que de biología.
El Verano de Chicago
Simon se encontró con el huésped por primera vez durante un cálido verano en Chicago. Estaba inscrito en un seminario de verano en la Universidad de Chicago, pasando por las casas de ladrillo de Hyde Park. Al principio, el dolor era leve, un hormigueo en su mandíbula derecha que apenas podía notar. Seguía caminando por las casas de ladrillo de Hyde Park, sin preocuparse.
La mañana siguiente trajo una nueva sensación, algo que no podía ubicar en sus dientes. El dolor que siguió no era leve. Era una agonía aplastante y abrasadora que se extendía a lo largo de sus incisivos laterales superiores e inferiores, caninos y molares. Sintió como si alguien hubiera calentado una barra de hierro y la hubiera introducido a través de la carne en su cuello, justo detrás de su oreja, empujándola a través de su mandíbula hasta que saliera por su mejilla derecha.
Se trató a sí mismo durante lo que se sintió como alrededor de 36 horas de insomnio. Cubrió sus dientes y encías con gruesas y viscosas capas de Benzidina, asumiendo que la fuente del dolor era dental. Sin seguro dental, su angustiado cerebro no solo asumió, sino que aceptó que el dolor sería interminable.
El huésped se había ido sin decir una palabra, partiendo en algún momento cerca del amanecer durante el segundo día, mientras aún yacía en un agotado y persistente medio sueño. Incapaz de poner en palabras cómo se había sentido esa presencia, en gran medida se olvidó de la sensación después de eso. Pero no se quedó olvidado, regresando una y otra vez.
Lo que dicen los Filósofos
El libro de Scarry sigue siendo el mayor tratamiento teórico de la experiencia incomprensible del dolor, escribe Simon. Scarry se enfoca en la sensación subjetiva real, no en los síntomas físicos o la etiología biológica, y argumenta que el dolor «no simplemente resiste el lenguaje sino que lo destruye activamente.» Escribe que «Es el dolor intenso el que destruye el yo y el mundo de una persona», una destrucción experimentada espacialmente como ya sea la contracción del universo hasta la vecindad inmediata del cuerpo o el cuerpo hinchándose para llenar todo el universo, o a veces ambos.
Simon sostiene la opinión de que este sentimiento se encuentra en todos. ¿Su incomodidad quema o punza, palpita o corta, apuñala o irradia? El dolor nos convierte a todos en malos poetas, mientras buscamos salvajemente cualquier metáfora disponible que pueda ayudar en el momento, esperando que alguna persona capaz de ofrecer alivio entienda la gravedad.
Los Límites de la Descripción
Según Simon, los medios que utilizamos para describir sentimientos son inadecuados cuando se comparan con la particularidad de ciertas sensaciones. Él identifica dos enfoques predominantes para medir el dolor, y argumenta que ambos revelan no un fallo de la medicina sino un fallo del lenguaje.
| Método | Cómo Funciona |
|---|---|
| Escala Numérica de Calificación | Los pacientes califican su dolor del 1 al 10 |
| Escala Wong-Baker FACES | Los pacientes hacen coincidir su agonía con rostros de dibujos animados abstraídos |
Se les pide a los pacientes que califiquen su sufrimiento del 1 al 10 en la Escala Numérica de Calificación, como si el dolor estuviera siendo juzgado como las reseñas de álbumes de Rolling Stone. La Escala Wong-Baker FACES en cambio les pide que hagan coincidir su agonía con rostros de dibujos animados, comenzando con una expresión sonriente e indiferente y terminando con una expresión haciendo mueca y afligida. Ninguno de los dos sistemas aborda un fallo de la medicina; ambos señalan un fallo del lenguaje.
«Es el dolor intenso el que destruye a una persona y su mundo», escribe la filósofa Elaine Scarry en The Body in Pain: The Making and Unmaking of the World.
El Periodo del Vacío )
«El Elemento del Vacío» de Dickinson habla de un momento en que el dolor no puede ser expresado con palabras, cuando no se puede decir cuándo comenzó o si hubo un tiempo antes de su existencia. Es el periodo del olvido, cuando ya no se siente la presencia del huésped.
La línea entre el dolor y el éxtasis es delgada. Teresa de Ávila describió su extenuante teofanía, en la que un ángel penetró su alma con una «larga lanza de oro… empujándola a tiempo en mi corazón… para perforar mis propias entrañas», de modo que está encendida por el amor de Dios, y «el dolor era tan grande que me hizo gemir». La experiencia trascendente de la teofanía no es muy diferente de la experiencia del orgasmo, pero ambos son fugaces.
Mientras el huésped de Simon regresó a Washington DC y nuevamente a Pittsburgh, remodelando la imagen de la vara de hierro a través de la cabeza cada vez, el dolor prefiere quedarse por un tiempo.
El Sentimiento Olvidado )
Simon quedó sin nada más que un fragmento de memoria después de que el huésped partió de Chicago. La imagen de la lanza de metal perduró, pero era una imagen incompleta. La sensación no podía ser expresada con palabras.
El quid de la cuestión en el argumento de Simon es que el dolor no es un fracaso de la medicina; es un fracaso del lenguaje. El sufrimiento es genuino, singular y no puede ser representado en una escala, un rostro o un número.
Una suposición sobre la odontología comenzó el dolor en Chicago, y la benzidina fue lo primero que se empleó en su tratamiento. Concluyó con una ambulancia y un reverie de opio, ninguno de los cuales demostró ser adecuado, pero ambos estaban a mano para usarlos.
El Regreso del Huésped )
Simon rastreó a un dentista de emergencia en Washington DC, y el hombre parecía aterrorizado al revelar que la fuente del dolor no era un diente alojado debajo de la línea de las encías ni una raíz en descomposición. La agonía había elevado su presión arterial a más de 200 durante una parada en Pittsburgh, y finalmente convocó una ambulancia. En la sala de emergencias, luchando contra la morfina que podría haber silenciado el dolor, finalmente se rindió a un reverie de opio, un remedio que fracasó la primera vez pero tuvo éxito la segunda.
Con cada regreso, la imagen cambió. El huésped seguía moviéndose por delante de las palabras.
La Historia del Huésped )
El ensayo de Simon es una narración sobre el sufrimiento, el habla y los relatos que establecemos. No es una solicitud de reconocimiento médico; es un caso literario. El dolor de Chicago le enseñó a soltar la memoria. El dolor de DC le enseñó que las palabras no logran capturar la experiencia. El dolor de Pittsburgh le enseñó que la descripción tiene sus límites.
El invitado tiene una lección para todos nosotros.
El yo y el mundo de una persona son destruidos por el intenso dolor.
Fuente: “De lo que no se puede hablar: Sobre los límites del lenguaje para describir el dolor”, Literary Hub.
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