Al caer el sol detrás de las montañas centrales de Lesoto, dos jóvenes comienzan su descenso. Kabelo Mohai, 20 años, y Lepeli Maapesa, 23 años, avanzan por senderos empinados y rocosos que se encuentran a casi 2,400 metros sobre el nivel del mar. Sus mantas de lana los mantienen calientes contra el frío. Desde las alturas, los pueblos parecen pequeños puntos abajo. Una hora y media pasa antes de que la luna se eleve en alto, y entonces ven las luces de Semonkong.
Cada noche, decenas de pastores descienden por las laderas de las montañas, conversando y cantando juntos a través de la oscuridad, hacia la Escuela del Buen Pastor. Allí, las luces fluorescentes marcan el lugar donde más de 40 de ellos se reúnen para clases nocturnas.
El largo día de Mohai
Mohai comenzó a trabajar con animales cuando tenía 9 años. Terminó la escuela primaria. A los 15 años, comenzó a pastorear a tiempo completo y se mudó a un puesto de ganado —una cabaña improvisada en las montañas altas— para vivir junto al rebaño de 155 ovejas y cabras de su familia.
Un refugio hecho de rocas y ramas alberga un cántaro de agua, una olla de hierro fundido, una cama formada por piedras planas cubiertas con una fina manta y un puñado de camisas colgadas en palos debajo del techo de paja. El hombre pasa la mayor parte de los días con su perro Balireng, cuyo nombre en Sesotho significa «enemigo» —un amigo leal que comparte su humilde morada.
«Es muy agradable la mayor parte del tiempo, estar aquí arriba entre los animales. Nadie puede decirme qué hacer», dice Mohai con una sonrisa. La vida en las montañas es dura. Lesoto es el único país en el mundo que está por completo a más de 1,000 metros sobre el nivel del mar, lo que le ha valido el apodo de «Reino en el Cielo». El invierno trae fuertes nevadas; los veranos son abrasadores.
«De día o de noche, lloviendo o haciendo calor, tenemos que cuidar a los animales. Y a veces, no es bueno no socializar», admite.
Hace tres años, cuando se enteró de la Escuela Nocturna del Buen Pastor, aprovechó la oportunidad de volver al aula. Desde entonces, se ha convertido en un hábito bajar de la montaña los días de semana después de atender a su rebaño, para sentarse en su clase de 7º grado y luego regresar a su cabaña solo unas pocas horas después.
«Es muy importante para nosotros tener algo de conocimiento y aprender», dice. Un día, sueña con convertirse en soldado. «Voy a la escuela para poder mantener mi capacidad de leer y escribir. Tal vez, en el futuro, pueda ser contratado en algún lugar.»
La Escuela Que Mantiene las Puertas Abiertas
Un convento perteneciente a las Hermanas de la Buena Muerte de Quebec es donde la escuela nocturna comenzó en 2003, y fue allí donde la hermana Rosemary Mokebe instaló por primera vez su puesto de enseñanza. «Descubrimos que la mayoría de los chicos en Semonkong no sabían leer ni escribir», recuerda la religiosa, ahora una mujer de Dios de 55 años, que ha dirigido la escuela desde entonces y enseña de sexto y séptimo grado.
Cada noche de la semana, las clases se reúnen durante un par de horas, con más de 40 estudiantes inscritos en tres niveles. El grupo incluye personas de entre 15 y 55 años.
«Los pastores son muy importantes para nuestro país. La economía descansa sobre sus hombros», dice la hermana Mokebe. Sin la escuela, «están en la oscuridad, porque tal vez nunca sepan cómo leer y escribir», añade.
Lo Que Aprenden los Estudiantes
Una humilde educación en lectura, escritura y aritmética es todo lo que se ofrece aquí. La institución lucha por mantenerse a flote económicamente, pero para innumerables alumnos, representa su única esperanza de imaginar una vida más allá de lo que ahora conocen.
La habitación está llena y oscura a las 8 p.m. Mohai y Lepeli están sentados en un escritorio en la esquina, compartiéndolo con otros dos estudiantes. Veinticuatro chicos llenan las largas mesas a su alrededor, cada uno vestido de la misma manera: mantas estampadas, sombreros y botas de goma. Su maestra, la hermana Rosemary Mokebe, escribe ecuaciones en la pizarra mientras leen en voz alta juntos.
Los Boyeros de Lesotho
La cría de ganado ocupa un lugar central dentro de la economía y el tejido social de Lesotho. La lana y el mohair juntos representan cerca del 60% de las exportaciones agrícolas de la nación, y sustentan a una cuarta parte de la población rural. Debido a la pobreza y a una costumbre arraigada, los jóvenes que deberían estar en la escuela a menudo son solicitados para cuidar las manadas, permaneciendo aislados en las montañas durante meses a la vez, separados de la sociedad.
Un análisis del Banco Mundial de datos de 2018 halló que casi la mitad de todos los niños del país estaban involucrados en alguna forma de pastoreo. Para muchos, como Mohai, el trabajo se produce a expensas de la escolarización.
Lo que Apoya el Gobierno
El Ministerio de Educación dice que hay aproximadamente 155 de estas escuelas en todo el país. Fueron inicialmente respaldadas por una variedad de grupos no gubernamentales, aunque en los últimos años el ministerio ha tomado gradualmente el control, trabajando para formalizar las clases dirigidas por voluntarios y proporcionar estipendios a los maestros en áreas remotas. Retrasos y barreras administrativas han ralentizado ese esfuerzo. Cuando NPR fue allí en mayo, los contratos anuales de los maestros no se habían renovado — y siguen sin renovarse.
Las solicitudes de comentarios provenientes del Departamento de Educación No Formal del gobierno, que supervisa las escuelas nocturnas, no respondieron a NPR.
La hermana Patricia Neko ha estado enseñando el primer grado de primaria en el convento en Semonkong durante más de dos décadas. Hoy, se encuentra frente a una sala llena de jóvenes y hombres adultos curtidos mientras un leve zumbido de voces se eleva desde el otro lado del aula, recitando el alfabeto.
El hombre sentado al frente del aula tiene alrededor de 40 y tantos años, y su rostro muestra el esfuerzo de tratar de leer la escritura grande en la pizarra. Se llama Motlatsi Monoana, y no puede entenderlo.
Lo que Observamos
Una noche a la vez, a la luz de una linterna, los pastores no están siendo dejados atrás — están siendo arrastrados de vuelta al aula.
Los fundadores de la escuela ven las apuestas claramente. “Están sentados en la oscuridad, porque pueden nunca saber cómo leer y escribir”, dice la hermana Mokebe.
Mohai cree que la bajada de la montaña le dará resultado. La lectura y la escritura son lo que más desea. Un trabajo es otra cosa que quiere. Su objetivo es construir una vida distinta de la que le proporcionaron las montañas.
La escuela existe porque la gente cree que ese futuro es posible.
Comparación de Dos Escuelas
| Detalle | Escuela Nocturna del Buen Pastor | Escuela de Monjas |
|---|---|---|
| Ubicación | Semonkong, Lesoto | Semonkong, Lesoto |
| Fundada | 2003 | No especificado |
| Fundadora | Hermanas de la Buena Esperanza de Quebec | No especificado |
| Profesor/a | Hermana Rosemary Mokebe (grados 6 y 7) | Hermana Patricia Neko (primera clase) |
| Rango de edad | 15–55 | Niños pequeños y hombres adultos |
| Inscripción | Más de 40 estudiantes en tres niveles | No especificado |
Lo que Aprenden los Estudiantes
- Lectura
- Escritura
- Aritmética
Hechos Clave
- Lesoto: el único país completamente a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar.
- Lana y mohair: cerca del 60% de las exportaciones agrícolas de Lesoto.
- Población rural sustentada por el ganado: un cuarto.
- Análisis del Banco Mundial de 2018: casi la mitad de todos los niños varones dedicados al pastoreo.
- Ministerio de Educación: aproximadamente 155 escuelas nocturnas en todo el país.
Fuente: “Fotos: Estos pastores descienden una montaña para ir a la escuela nocturna,” NPR.
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